La Privacidad de tu Pack

La Privacidad de tu Pack
Diego García Ricci
Diego García Ricci

Diego García Ricci

Abogado por la Escuela Libre de Derecho, maestro y doctor en derecho por la Universidad de Toronto, Canadá. Es, además, profesor-investigador de la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México.

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Por: Diego García Ricci

Las redes sociales digitales han reconfigurado drásticamente la forma como nos comunicamos con los demás. Desde hace más de quince años, hemos aprendido a compartir nuestros momentos, gustos o preferencias a través de Facebook, Instagram o WhatsApp, así como de otras redes sociales. Cada una de estas plataformas nos permite presentarnos al mundo de formas variadas, distintas a veces, unas de otras. Hay quienes comparten fotografías personales como las de sus mascotas, alimentos favoritos o sitios predilectos; otros, únicamente las del trabajo. Unos postean mensajes inspiradores; el resto, logros personales o profesionales. La gran singularidad de las plataformas digitales es que nos permiten elegir qué parte de nuestra vida les mostramos a los demás.

¿Qué sucede, sin embargo, cuándo queremos compartir imágenes, situaciones o predilecciones mucho más íntimas; de esas que sólo nos atrevemos a comunicar a unos cuantos —los menos, tal vez— como podrían ser las fotos donde aparecemos desnudos? Porque sí, la gente se toma fotografías sin ropa. La pregunta sería entonces: ¿con quién compartirías tu ‘pack’?

Compartir el ‘pack’ no es una actividad exclusiva de veinteañeros. El intercambio de ‘nudes’ se encuentra también presente en todo el rango de edades. Esto obedece al hecho de que nos permite presentarnos a otros tal cual somos, esto es, ‘al natural’. Para que este momento suceda, sin embargo, debe haberse construido antes un interés privado mutuo, normalmente, de tipo sexual. El intercambio de ‘packs’ o ‘nudes’ nos da acceso a un erotismo inigualable que nos ayuda a la realización personal.

Compartir el ‘pack’ a través de plataformas digitales se ha convertido en una práctica común en los últimos años. Su popularidad comenzó precisamente con el advenimiento de los smartphones y sus cámaras de alta resolución, las cuales comenzaron a tomar fotografías que, al quedar almacenadas en el propio dispositivo, eran más fáciles de compartir. Los servicios de mensajería instantánea —primero el BlackBerry Messenger y luego el WhatsApp— hicieron que el intercambio de este material se intensificara. Si bien esto maravilló a muchos al principio, también nos presentó los riesgos y peligros que conlleva este tipo de prácticas.

Muchos suponen que cuando una persona intercambia fotografías donde aparece desnuda ha renunciado por completo a su privacidad. Argumentan que ha sido ella —y sólo ella— quien decidió tomarse esas fotos y compartirlas con alguien más. Algunos, incluso, censuran la acción con extrema dureza, especialmente, cuando las fotografías se filtran y empiezan a circular. Suelen decir frases como: “para qué anda haciendo eso”, o “se lo merecía”, o “eso le pasa por andarse tomando esas fotos”. Ignoran que, con sus críticas, muchas veces revictimizan a esas personas, lastimando aún más su dignidad.

El punto de partida de quienes hacen este tipo de comentarios es un entendimiento incompleto de la privacidad. Aunque para la gran mayoría este vocablo evoca el deseo de estar solos, no podemos dejar de mencionar su otro significado, ese que implica la necesidad de compartir con los demás información sobre nosotros mismos. Esta noción fue articulada originalmente por Alan Westin en 1967. Este jurista y politólogo norteamericano entendió que la privacidad es “el derecho que los individuos, grupos o instituciones tienen a determinar, para ellos mismos, cuándo, cómo y hasta qué punto su información personal es comunicada a los demás”. Así entendida, la privacidad nos confiere el control sobre nuestra información personal, incluso después de haberla divulgado. El problema, no obstante, es que en la era digital, dicho control es más difícil de reivindicar, especialmente, cuando alguien más lo ha asumido de forma indebida.

Compartir el ‘pack’ es perfectamente compatible con el ejercicio de la privacidad. No hay nada de extraño que una persona desee compartir su cuerpo con alguien más. De hecho, lo hacemos de forma cotidiana. Nosotros ejercemos el control de esta actividad precisamente al decidir cuándo lo hacemos, con quién, y bajo qué circunstancias. El problema, no obstante, es que cuando alguien ‘comparte’ su cuerpo a través de fotografías enviadas por WhatsApp, el control se vuelve más difícil de reivindicar. Mientras que en el mundo off-line el control lo reasumimos de forma inmediata, por ejemplo, volviéndonos a vestir, tapándonos el cuerpo con las manos, o bien, abandonando la habitación, en el mundo digital el control sobre nuestras fotografías prácticamente se desvanece, sometiéndonos al poder de quien ya cuenta con ellas. Esto no quiere decir que hayamos perdido dicho control. Lo seguimos teniendo. Sólo que ahora necesitamos de mecanismos jurídicos para reivindicarlo.

Durante mucho tiempo, la única vía para compensar el daño causado por la difusión de imágenes con contenido sexual eran las acciones de indemnización por daño moral previstas en la legislación civil. Se trata de un remedio que sólo les ofrece a las víctimas reparaciones, esto es, compensaciones económicas, pues el daño psicológico que se les inflige por la difusión no autorizada de ese material es prácticamente irreparable. Este remedio legal, no obstante, en sí mismo, no es lo suficientemente poderoso como para desincentivar este tipo de prácticas. De igual modo, las dificultades que usualmente enfrentan las víctimas para probar el daño moral, al menos bajo la legislación mexicana, les dan pocos alicientes para acudir a los tribunales a intentar reivindicar el control sobre sus ‘packs’.

En este sentido, cobra importancia la reciente adopción en México de la “Ley Olimpia”, la cual no es una ley como tal, sino una serie de reformas a los códigos penales de las entidades federativas del país. Dichas reformas han tipificado la divulgación de imágenes, videos o audios con contenido sexual en aquellos casos en que no se cuente con el consentimiento de quien aparece en ellas. Las sanciones incluyen penas que van de entre 1 a 8 años de prisión, así como multas económicas que podrían ascender hasta  un monto de $173,760MXN, el equivalente a $US 8,274 DLS, dependiendo de la entidad federativa de que se trate.

Sin lugar a dudas, la creación de tipos penales que sancionen la divulgación de imágenes o videos con contenido sexual, sin el consentimiento de quien aparece en ellos, viene a hacerles justicia a una gran cantidad de personas que no sólo vieron invadida su privacidad, sino lastimada su dignidad  frente a este tipo de prácticas.  Estas medidas legales reafirman la idea de que el ‘pack’ de una persona se inscribe dentro del ejercicio de su propia privacidad. Nadie más puede quitárselo. Aún a pesar de que el mundo digital nos presente desafíos que parecen insuperables.